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Juntos, discutiendo por toda la eternidad

Hace poco me encontré con la escritura de dos lotes funerarios que poseo en Long Island. Uno es el lugar de descanso final de mi difunto marido, Mark. El otro, al lado, está vacío, pero nunca fue para mí. La compré para su novia afligida.

Hace doce años, Mark y yo estábamos en medio de una separación amistosa: vivíamos separados desde hacía dos años, pero aún no nos habíamos divorciado. La última vez que lo vi, me preguntó si podía pasar a ver a nuestros hijos, entonces adolescentes. Pasamos una relajada tarde de julio en familia en nuestro patio trasero, por la que le estoy agradecida. Recuerdo que pensé que, si hubiera sido así más a menudo, quizá seguiríamos juntos.

A eso de las cuatro de la tarde, lo oí decir: “Me voy”. Sus palabras aún me persiguen.

Esa noche, en casa de su novia, donde vivía, sufrió un infarto y entró en paro cardiaco. Los paramédicos le devolvieron los latidos, pero nunca recobró el conocimiento. El pronóstico era sombrío. Cinco días después, lo desconectamos del soporte vital; tenía 57 años.

Él y yo nunca habíamos hablado de arreglos funerarios en nuestros casi veinte años de matrimonio, y mucho menos de comprar parcelas. Su novia, que había imaginado un futuro largo y feliz con él, estaba destrozada. Me caía bien; a toda mi familia también. Pero como esposa de Mark, yo estaba legalmente a cargo. Era mi trabajo comprarle un lote para su entierro. Pronto.

“¿Por qué no compras dos?”, me preguntó mi cuñada. Estaba casada con el hermano de Mark y, técnicamente había dejado de ser mi cuñada tras la muerte de Mark, aunque seguimos estando muy unidas. Se refería a un lote para Mark y otro para su novia. “Sería un gesto encantador”.

La miré, desconcertada. La novia de Mark era varios años más joven que él. Seguramente conocería a otra persona a su debido tiempo.

Pero mi cuñada tenía razón: si la perspectiva de pasar la eternidad al lado de Mark la ayudaba a sentirse incluida en una situación incómoda en la que no tenía vínculos legales ni familiares, pensé: “¿por qué no?”. Estábamos en la unidad de cuidados intensivos junto a la cama de Mark cuando se lo dije. Rompió a llorar de felicidad.

Unas horas antes de que desconectaran a Mark del soporte vital, conduje por la avenida Wellwood, un tramo de un poco más de seis kilómetros bordeado de tantos cementerios que yo lo llamaba Cemetery Row, hasta el lote que tenían el hermano y la cuñada de Mark. Allí me reuní con mi cuñado y nos condujeron a una oficina de ventas, donde un escritorio nos separaba de un vendedor.

“Me gustaría comprar dos lotes”, le dije. Le conté la grave situación médica de mi marido.

“Por supuesto”, respondió, ofreciéndome sus condolencias. “Supongo que compartirán la lápida”.

Dudé. “El otro lote no es para mí. Es para su novia”.

Sus cejas se alzaron. La gente dice que los ojos son las ventanas del alma; yo digo que son las cejas. Inclinándose hacia delante, miró a mi cuñado. Estaba claro que se enfrentaba a una esposa loca.

“Se estaban divorciando”, explicó mi cuñado. “Además, la novia de mi hermano no es judía”.

“Tienes que ser judío para ser enterrado aquí”, dijo el representante de ventas. “Este es un cementerio judío”.

“Lo sé”, le dije. “Me ha dicho que está hablando con un rabino para convertirse”.

El vendedor barajó unos papeles. Si esta mujer quería comprar un lote para la novia de su casi exmarido, que podría convertirse o no al judaísmo, no era su problema.

Una lápida compartida habría sido presuntuosa, así que compré una individual en granito gris de Barre. La inscripción decía “Amado esposo” cerca de la parte superior y, más abajo, “Amado compañero”, que sonaba más digno que “Novio amado”. Me imaginé a los transeúntes curiosos intentando leer entre esas dos líneas.

Después de pagar 36 mensualidades, recibí la escritura del cementerio. Para entonces, la novia de Mark y yo casi habíamos perdido el contacto. No habíamos vuelto a hablar de la parcela y yo no sabía si ella se había convertido. Pasaron más años. Me enteré de que tenía un novio que se convirtió en su marido. Le envié un mensaje de texto con mis mejores deseos, los cuales agradeció de manera calurosa. Comprarle aquel lote había sido una idea encantadora, aunque improbable.

Esto me dejó con un lote que no quería. ¿Por qué habría de ser sepultada junto a alguien de quien me estaba divorciando? Llamé al cementerio para preguntar si podían venderla, aliviada por no tener que ocuparme de la lápida conjunta, ya que Mark y yo habíamos optado más bien por un divorcio conjunto con abogados. Pero no he seguido adelante y no sé qué me lo impide. A mis 64 años, gozo de una salud excelente, pero la creciente conciencia de mi propia mortalidad hace que mi postergación sea un poco quijotesca. Y la idea de dejarlo allí, sin compañía, me carcomía.

Nuestra separación no fue fea, pero en el matrimonio habíamos discutido tanto que un amigo nos llamaba “la pareja dispareja”.

Desde hace ocho años mantengo una relación amorosa y comprometida con un hombre maravilloso que tiene una exesposa y dos hijos propios. Rara vez discutimos. Pero no estamos casados ni vivimos juntos, así que es poco probable que nos entierren juntos.

Un sábado, mientras desayunábamos en su cocina de Brooklyn, le comenté casualmente mi dilema y le dije: “¿Y tú? ¿Tú y tu ex tienen lotes juntos?”.

De inmediato me pregunté si tal vez esa no era una conversación apropiada para tener a primera hora de la mañana. O nunca.

No los tenían, dijo, y de todos modos él querría ser incinerado.

Además, no es solo con quién me sepultarían, sino dónde. Me mudé a Long Island por Mark y pasé las dos décadas siguientes contando los días hasta que pudiera volver a Manhattan, cosa que hice tres años después de su muerte, cuando nuestro hijo menor se fue a la universidad. Ahora siento que Mark me arrastra de vuelta. Esta vez, para siempre.

Sin embargo, ¿adónde iría? Mis padres, casados desde hace casi 59 años, están enterrados uno al lado del otro en Queens, el vecindario en el que me criaron, pero no hay plazas libres en los alrededores. Puede que haya sitio en otro lugar de ese cementerio, y hay otros cerca, pero ¿quiero pasar el más allá sola y rodeada de extraños? No importa que sea así justo como vivo ahora, bastante feliz: sola en un rascacielos rodeada de desconocidos. Pero si crees que es difícil encontrar un lugar decente en Manhattan donde vivir, buena suerte encontrando uno donde estar muerto.

Le pregunté a las dos personas que presumiblemente se preocuparían más por mi paradero póstumo: mi hija y mi hijo, ahora jóvenes adultos.

“Depende de ti”, dijo mi hijo.

Mi hija fue más pragmática. “Sería mucho más fácil para nosotros visitarte si estuvieras junto a papá”.

¿Pero nos visitarían? En la actualidad no visitamos a Mark.

Le pregunté si podía guardar mis cenizas en una urna. No había necesidad de cementerios separados. “Podrías compartirme”, le dije. “La mitad para ti, la mitad para tu hermano”.

Su respuesta fue contundente: “No, gracias”.

“¿Y si me compostas? Podría estar muerta y ser ecológica al mismo tiempo”.

“Buena idea”, respondió. “Pero me gustaría que estuvieras entera”.

Pasé el pulgar por el sello en relieve de la escritura. ¿A qué me estaba aferrando? ¿Por qué dos años de negociaciones no fueron suficientes para romper nuestro deshilachado vínculo matrimonial y por qué, si nuestro matrimonio fue tan difícil, nuestra separación no había sido tan dramática?

Había presionado para conseguir un divorcio amistoso y colaborativo, pero no pasó mucho más. Durante dos años, llevamos vidas separadas sin agitar las aguas. Por fin nos relajamos el uno con el otro, libres de la ira alimentada por expectativas conyugales incumplidas durante mucho tiempo. Era como estar medio dormido, bajo las cobijas, antes de despertar a la cegadora realidad de que estás solo.

Los cementerios no son solo para los muertos; también son para los familiares sobrevivientes, visiten o no. Si doy prioridad a mi papel de madre, que es lo que hago, está claro quién debe ocupar ese lote funerario. Lo que no está tan claro es por qué me sentí más unida a Mark después de su muerte que durante nuestra vida juntos.

La muerte tiene una forma de suavizar las cosas: es como si mi matrimonio fuera una foto vieja y estropeada y, sin darme cuenta, siguiera recortando lo feo y retocando las imperfecciones. Tuve que enterrar mi identidad como su ex para poder ser su viuda. Quizá comprar una parcela para su novia era un modo de fingir que no era realmente para mí.

Intenté imaginar mi lápida junto a la suya, con una inscripción idéntica: “Amada esposa. Amada compañera”, lo que alimentaría aún más la curiosidad de los transeúntes.

“¿Estaban casados?”, se preguntarían. “¿Eran marido y mujer?”.

Separarse es difícil. A veces ese proceso nunca termina. Nos imagino a Mark y a mí enterrados uno al lado del otro, discutiendo por toda la eternidad. Quizá podría añadir una línea más al pie de mi lápida, una pista extra: “Yo no debía estar sepultada aquí”.

Robin Eileen Bernstein, escritora radicada en la ciudad de Nueva York, está escribiendo su biografía.


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