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El Museo de las Relaciones Rotas y sus objetos

Cuando su relación terminó hace más de 20 años, llegó el momento de que Olinka Vistica y Drazen Grubisic dividieran sus cosas, incluyendo una televisión, una computadora y muchos recuerdos comprados en viajes. Luego, tocó el turno de un conejo de juguete.

En su época de amantes, los dos croatas tenían un ritual tierno: cuando uno de los dos llegaba a casa, el otro le daba cuerda al conejo esponjoso para que corriera por toda la casa a recibirlo. Y cuando uno de los dos hacía un viaje de negocios, se llevaba el conejito blanco y le tomaba fotos en destinos turísticos. Era un símbolo tan grande de su tiempo juntos, contó Vistica, que no pensaba que ninguno de los dos debería quedarse con él.

En ese momento, la pareja habría podido empezar a pelear, pero en lugar de eso se les ocurrió algo: “¿No sería maravilloso que hubiera un lugar al que toda la gente en el planeta pudiera enviar objetos después de un rompimiento?”, recordó Vistica que pensó. Un archivo global de romances malogrados quizá ayudaría a que las parejas superaran el dolor, explicó Vistica; también permitiría decirle al mundo: “Este amor existió”.

Hoy, la expareja dirige el Museo de las Relaciones Rotas, una de las atracciones turísticas más concurridas y peculiares de Croacia. Situado en un antiguo palacio en el centro histórico de Zagreb, la capital croata, el museo expone objetos procedentes de todo el mundo de amantes con el corazón roto, junto a un texto que cuenta la historia de cada objeto. Los donantes de dichos objetos, muchos de los cuales los envían por correo, se mantienen en el anonimato, con la intención de que se atrevan a ser sinceros.

Los recuerdos van desde lo trivial —como un par de zapatos de vestir blancos, que venían con una nota que decía: “Intentó imponerme su sentido de la moda”— hasta lo desolador. Una de las piezas expuestas es un paracaídas que donó una mujer cuyo amante murió en un accidente de paracaidismo.

El museo comenzó en 2006 como un proyecto temporal que Grubisic y Vistica presentaron en el Salón de Zagreb, una bienal de arte. Las primeras exposiciones las hicieron con amigos, pero una vez terminada la muestra, la expareja dijo que empezó a recibir correos electrónicos y llamadas pidiéndoles que presentaran versiones de la instalación en todo el mundo. Pronto empezaron a montar exposiciones temporales en lugares como una galería de arte californiana y un centro comercial turco, y a solicitar más donaciones en cada lugar. Cuando presentaron su exposición en Ciudad de México, recibieron cientos de artículos e historias.

En 2010, Grubisic y Vistica inauguraron la sede permanente del museo, justo al lado del ayuntamiento de Zagreb, un lugar donde se celebran muchas bodas. En la actualidad, la colección del museo incluye más de 4000 objetos, de los que se exponen unos 70 a la vez. Charlotte Fuentes, curadora que se ocupa de la colección y organiza exposiciones temporales en el extranjero, dice que cada semana llegan objetos nuevos por correo.

Hace poco, alguien le envió una rebanada de pastel de boda de 37 años. Fuentes lo metió en el congelador.

“Me sorprende lo que hace la gente para tratar de mantener vivo el amor”, dijo Fuentes.

En un recorrido reciente por el museo, Vistica, Grubisic y Fuentes señalaron algunos objetos expuestos que procedían de muy lejos: una bicicleta de Bélgica, unos muebles de juguete de Corea del Sur y un par de tenis de baloncesto de Seattle.

Grubisic dijo que a menudo los objetos donados reflejaban el contexto político o social de un país. Cuando el museo organizó una exposición temporal en Filipinas, añadió, recibió “bastantes objetos de rupturas que se debieron a la migración”. Millones de filipinos trabajan en el extranjero, explicó Grubisic, “así que hay muchas posibilidades de que tu ser amado se vaya a Canadá, o a Dubai, o a cualquier otro sitio, para trabajar. Y entonces terminas”.

“Estoy seguro de que si creáramos una exposición en Ucrania”, añadió Grubisic, “recibiríamos historias de pérdidas a causa de la guerra”.

En ese sentido, el museo también es una lente para ver la historia, algo que quedó claro desde los primeros días del proyecto, dijo Vistica. cuando recolectaron los primeros objetos en Zagreb, un hombre que había sido soldado les dio una pierna prostética.

El soldado dijo que había perdido la pierna en la década de 1990 al combatir por la independencia de Croacia de Yugoslavia. Contó que las sanciones internacionales le dificultan conseguir una prótesis pero que al fin una empleada del Ministerio de Defensa consiguió los materiales para fabricarle una. El soldado dijo que él y su improbable salvadora se enamoraron pero que la pierna prostética duró más que la relación.

“Al principio nos preocupaba que solo fuéramos a recibir artículos de amoríos de verano, pero las historias se volvieron profundas muy pronto”, contó Vistica. “Recibimos objetos de la Segunda Guerra Mundial, del terrorismo. Algunas son duras”, añadió. “Pero la vida es dura”.

Pero eran los objetos más curiosos los que parecían resonar más con los visitantes, narró Grubisic, como un libro titulado: Yo te puedo hacer adelgazar. Una mujer inglesa lo envió junto con una nota que decía: “Este fue un regalo de mi exprometido. No es necesario decir más, ¿verdad?”.

Fuentes comentó que el museo recibía muchos objetos que habían sido regalos malos como ese libro.

Varios objetos no tienen nada que ver con el romance, sino que recuerdan otros tipos de ruptura, como la pérdida de creencias religiosas o la muerte de un hijo. En un momento de la visita, Vistica señaló dos sujetadores en una vitrina. Una mujer dijo que los había donado tras una mastectomía, y escribió que esperaba que desprenderse de ellos le “permitiera recuperar la relación” con su cuerpo y añadió, “estoy impaciente por que ocurra”.

“Siempre dejamos el nombre abierto, así que es simplemente el ‘Museo de las Relaciones Rotas’ y no menciona el amor”, dijo Vistica. “Todas las relaciones son emocionales, no solo las románticas”, añadió.

Entre los más de 70 objetos expuestos, quizá los más extraños eran unas costras de 30 años en una placa de Petri. Fuentes contó su historia: una bióloga las había tomado de su primer novio para poder clonarlo en caso de un accidente.

El museo no recibe muchas partes del cuerpo por correo, afirmó Grubisic, pero añadió que una presentadora de televisión croata donó una vez un cálculo biliar. “Su pareja la ponía tan nerviosa que dijo que eso contribuyó a la formación del cálculo”, explicó. “Su historia decía: ‘Esto es lo que él me dio’”.

La presentadora de televisión después pidió que le devolvieran el cálculo biliar, dijo Vistica, y se lo dieron. Ahora, el museo tiene la política de no devolver nunca nada, aunque el donador regrese con su ex.

Fuentes mostró un ejemplo. En una pequeña vitrina de vidrio había dos piedras que una pareja dijo haber hallado en una playa de Dinamarca: una piedra macho y una piedra hembra, según la nota enviada. Cuando se separaron después de un año, uno de los dos envió las piedras al museo.

Fuentes contó que cuando se exhibieron, ella envió un correo electrónico al donante para decírselo y él respondió que la pareja se había vuelto a enamorar luego de una separación de siete años. No pidió que se los devolvieran, dijo Fuentes. Más bien, escribió que le parecía fantástico “que la gente pueda volver a juntarse y aún así tener cosas en el Museo de las Relaciones Rotas”.

Alex Marshall es reportero de cultura europea y radica en Londres. @alexmarshall81

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