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La protección de los acuerdos prenupciales o prematrimoniales

El único empleo disponible en la localidad era para taladrar arces y a mí ni siquiera me concedían una entrevista.

Después de enamorarme en Montreal de un estudiante de medicina que cursaba su último año en la Universidad McGill, me había mudado a un pueblito de Nuevo Hampshire. Como estadounidense, mi novio había aceptado cursar una residencia de cuatro años en Nuevo Hampshire, así que tomé la decisión de irme de Canadá para seguirlo hasta allá.

Sin contar con un empleo, me reuní con él un año después, pero era muy desdichada porque echaba de menos mi dinámica vida social y profesional como reportera de un diario, lo cual me dio la oportunidad de vivir en Toronto, Montreal y París. Esto sucedió antes de la era de internet y me parecía imposible hacer nuevas amistades. Mi novio trabajaba muchas horas y casi nunca estaba presente o estaba extenuado. Su sueldo como residente era muy bajo, así que teníamos un presupuesto muy apretado y la ciudad más cercana se ubicaba a dos horas en automóvil.

Tras 18 meses de tratar inútilmente de adaptarme a ese lugar, le propuse que nos mudáramos a Nueva York para que yo pudiera encontrar un empleo, cosa que él aceptó. Pasé seis meses buscando trabajo y, en su nueva residencia, mi novio obtuvo un aumento inmediato de 14.000 dólares. Gracias a una herencia familiar, tuve el dinero suficiente para dar el enganche de un apartamento en los suburbios.

Para cuando comenzamos a planear nuestra boda, seis años después de conocernos, él estaba ganando un monto de seis dígitos como médico. Yo no sabía nada de las leyes de Nueva York para contraer matrimonio y en ese momento dependía por completo del ingreso de mi prometido, por lo que me sentía muy vulnerable. Así que consulté a un abogado —a 350 dólares la hora en 1992— y le pregunté lo que yo podría obtener en caso de divorcio.

Su respuesta me dejó pasmada: si el matrimonio duraba poco y debido a que yo tenía formación universitaria, un buen currículo y buena salud, ningún tribunal me ofrecería nada porque yo era totalmente capaz de mantenerme sola, explicó.

Así que le pedí a mi prometido que firmáramos un acuerdo prenupcial para proteger el único patrimonio con el que contaba: el apartamento. Al decidir estudiar medicina cuando tenía casi 30 años, tras dejar una industria en la que ganaba muy poco, el único patrimonio de mi prometido era su título de médico y un clarinete.

Desde hace mucho tiempo se ha pensado que los acuerdos prenupciales son fríos y poco románticos y casi siempre se dan con un importante desequilibrio de poder entre los contrayentes, pero como ahora tantos matrimonios terminan en divorcio (y en algunos estados las sentencias son mínimas tras el divorcio), un acuerdo prenupcial puede ahorrar dinero, tiempo y daños emocionales. Saber con anticipación a qué tiene derecho cada persona reduce la necesidad de pelear después por todo, lo que requiere mucho tiempo y resulta muy costoso.

Con este acuerdo, yo obtenía de inmediato una suma mínima de cinco dígitos con la cual cubriría los gastos de mis abogados, el seguro médico y otros costos. Él se quedaría con la totalidad de su pensión y su seguro médico.

Mi prometido aceptó los términos sin que hubiera discusiones interminables; yo realmente había dejado mi vida y mi profesión en segundo lugar por adaptarme a él.

Cuando mi esposo me dejó después de dos años de matrimonio y se volvió a casar de inmediato con una compañera de trabajo, tuve la red de protección que tanto necesitaba. Emocionalmente destrozada, conservé mi casa y pude tener una pensión alimenticia para poder recuperarme.

Un acuerdo prenupcial no es más que un acuerdo jurídicamente vinculante firmado por ambas partes que tiene como propósito dar a conocer su patrimonio y sus deudas en su totalidad. Con él, también se pueden definir una gran variedad de asuntos, como quién pagará alguna hipoteca, quién creará un fondo independiente para remunerar a la pareja o padre de familia que se queda en casa y dónde vivirán los firmantes en caso de divorcio. Aclara de manera inmediata dónde se sitúa cada contrayente en términos económicos y crea un espacio para discutir abiertamente cómo quiere cada uno manejar su dinero después de casarse.

En Estados Unidos es muy variable lo que cuesta elaborar uno de estos acuerdos y el costo mayor —que va de 5000 a 10.000 dólares— casi siempre lo asume la persona que lo solicita. De acuerdo con Raymond Hekmat, fundador de Hekmat Law and Mediation en Los Ángeles, la persona que evalúa el documento con otro abogado para asegurarse de que el acuerdo no le sea desfavorable posiblemente pague alrededor de 3000 dólares.

Maria Squitieri, una maestra de 51 años de Nueva York, cometió el error de firmar un acuerdo que no revisó con tiempo suficiente unos días antes de su boda. Squitieri fue educada por su abuela y comentó que era “sumamente ingenua y confiada”.

A la edad de 33 años, “en realidad yo no tenía nada que aportar al matrimonio”, añadió Squitieri, cuyo exesposo era un profesional con muy buenos ingresos que se iba a casar por segunda vez. “Casi ni leí el acuerdo. Tal vez veía a este hombre ya entrado en años como mi salvador”.

Si el matrimonio terminaba en divorcio, ella asumía que estaría bien y no tendría problema en volver a trabajar. Era joven y saludable, y estaba deseosa de casarse con un hombre cuya generosidad con los hijos de su matrimonio anterior y con su abuela la había impresionado. Trabajó los primeros dos años de su matrimonio y, tras el nacimiento de su hijo, dejó de trabajar durante siete años para quedarse con él en casa.

El matrimonio fracasó y el acuerdo la obligaba a quedarse con su hijo en la ciudad de Nueva York, donde la única vivienda que podía pagar con su salario de maestra era un monoambiente. Aunque el acuerdo garantizaba el pago de la colegiatura de una escuela privada, un campamento de verano y clases particulares para su hijo, tuvo que endeudarse. La pensión que recibía no era suficiente para vivir sin un empleo, el cual tardó dos años en conseguir.

“Ahora me doy cuenta de que podemos ser románticos y creer en el amor, pero también ser inteligentes y hacer un plan por lo que pueda ocurrir”, indicó Squitieri.

Mucha gente se resiste incluso a hablar de elaborar un acuerdo prenupcial, señaló Tori Dunlap, una escritora que tiene un blog y un pódcast sobre temas financieros. “La gran mayoría de las personas no hablan de dinero cuando inician una relación amorosa”, afirmó.

​​Aunque el trabajo a distancia ha ganado popularidad, algunas profesiones —como la medicina y el mundo académico— siguen requiriendo traslados de una ciudad a otra, lo que puede perjudicar el poder adquisitivo o los ingresos de un cónyuge a la zaga, especialmente mientras está criando a sus hijos.

“Hacer esos sacrificios es un buen punto de negociación”, dijo Brent Cashatt, cofundador y socio de CashattWarren Family Law en Des Moines. “Es una razón para hacer el acuerdo más justo. Es una petición razonable”.

Hekmat recalcó que elaborar un acuerdo prenupcial debe ser una “situación en la que todos ganan”.

“Estos acuerdos generan cercanía y confianza”, puntualizó. Si la negociación se pone fea y belicosa, señaló, puede ser una señal de que hay que reconsiderar casarse con esa persona.

Hekmat explicó que estos acuerdos también han cambiado en los últimos siete a 10 años.

“Hace tiempo, los acuerdos prenupciales eran propuestos por la persona que ocupaba el sitio de poder (casi siempre el hombre), pero hoy en día los matrimonios, las relaciones y el trabajo han cambiado”, comentó. “Casi todos mis clientes son profesionales de entre 30 y 40 años o que se casan por segunda vez. Ahora hay más personas que se casan a una edad mayor, han vivido solas y están acostumbradas a gastar su dinero como se les antoja, sobre todo las mujeres”.

Para Tonya Yan, de 32 años, y Linh Yan, de 27, crear un acuerdo prenupcial fue una decisión simple y fácil. La pareja vive en San Francisco y se casó en noviembre. Ambas mujeres crecieron en familias asiáticas (Linh Yan es vietnamita y Tonya Yan es china), lo que, según dijeron, facilitó sus discusiones francas sobre finanzas. “El dinero no es un tema tabú para nosotras”, dijo Tonya Yan.

Ser una pareja gay también facilitó la discusión de un acuerdo prenupcial, dijo Tonya Yan, porque “cuando descartas el guion” sobre el matrimonio tradicional, todo está en discusión.

Tonya Yan se dedica al derecho tributario internacional, gana aproximadamente el doble que Linh Yan, y ambas estaban convencidas de la necesidad de mantener sus finanzas separadas. “Significa que no damos por sentado a la otra persona”, dijo Linh Yan.

Para Tonya Yan, tener un documento legal que ambas discutieron extensamente y aceptaron fácilmente sin rencor es como tener un cinturón de seguridad. “Lo pones con la esperanza de no necesitarlo nunca, en caso de chocar”, dijo.

La pareja vivió junta durante cuatro años. Cuando decidieron casarse, no querían que se les aplicaran las leyes de divorcio de propiedad mancomunada de California, que dictan una división 50-50 de bienes y deudas, si se separaban. En cambio, establecieron sus propias reglas mediante un acuerdo prenupcial.

“Las leyes de California son particularmente de gran alcance y pueden hacer tropezar a las parejas de maneras que nunca habían previsto”, dijo Tonya Yan. “La mitad de las casas y los bienes inmuebles pueden considerarse propiedad de un cónyuge, incluso cuando ese cónyuge no pagó un centavo de la entrada ni firmó ninguna escritura”, dijo. Por otro lado, agregó, “una persona puede verse repentinamente responsable de la mitad de una deuda que ni siquiera sabía que tenía su cónyuge”.

Linh Yan dijo que sentía lo mismo por las leyes de California y se describió a sí misma como una persona independiente. “Incluso cuando existe una pequeña posibilidad de que ocurra un divorcio, no quiero depender del dinero de mi esposa cuando las cosas pueden ir mal”, dijo. Nueve estados actualmente operan con leyes de divorcio de propiedad mancomunada.

“Tenemos cuentas bancarias conjuntas, compras conjuntas, facturas compartidas; compartir no es el problema”, dijo Tonya Yan. “Pero es la diferencia entre lo que elegimos para nosotras y lo que nos dicta el estado”.

Tonya pagó entre 10.000 y 12.000 dólares para redactar el acuerdo utilizando los servicios de Hekmat, mientras que Linh pagó a su propio abogado 3000 dólares para revisarlo.

“La gente me pregunta: ‘¿Debería conseguir un acuerdo también?’”, dijo Linh Yan. “Creo que es un lujo, ya que las personas que más lo necesitan, económicamente vulnerables, tienen menos probabilidades de pagar uno”.

Muchas parejas que planean casarse no investigan las leyes de divorcio de su estado, dijo Dunlap, la escritora financiera. “Lo que mucha gente no se da cuenta es que todos tenemos acuerdos prenupciales. Es lo que decide el estado. Si no te gusta eso, es posible que desees un acuerdo prenupcial”.


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