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La riqueza del universo afrocaribeño de Juan Francisco Elso

NUEVA YORK — A lo largo de las décadas que he pasado explorando museos y galerías, he visto, de cerca o de pasada, incontables obras de arte contemporáneo, pero pocas me han impactado de manera inmediata e indeleble. Una de ellas fue una escultura titulada “Por América (José Martí)” del artista cubano Juan Francisco Elso.

Eso ocurrió en 1993, cuando, en vísperas del quinto centenario de Colón, una exposición colectiva del nuevo arte latinoamericano llamada Ante América, viajó desde Bogotá, Colombia, hasta el Museo de Queens en Nueva York. Con obras nuevas que destacaban motivos africanos, indígenas y de diásporas, la muestra fue concebida como una respuesta a la extensa exposición modernista del Museo de Arte Moderno llamada Artistas latinoamericanos del siglo XX, que se presentó ese mismo año, con el propósito de ampliar las definiciones y echar por tierra los estereotipos.

La escultura de Elso de 1986 fue un elemento central de la exposición de Queens. Esta escultura, transcultural y transhemisférica, era un homenaje a Martí, el héroe y escritor cubano anticolonialista del siglo XIX que concebía a “América” como una utopía social por materializarse, y consistía en una sola figura masculina tallada en madera con ojos de vidrio. De aproximadamente 1,5 metros de altura, el hombre parecía haber sido captado caminando, como si estuviera exhausto o aturdido.

Su piel pálida estaba cubierta de lodo marrón. Su torso y sus extremidades estaban perforados con dardos en forma de flor que también perforaban el suelo bajo sus pies. En la mano derecha llevaba un machete en posición vertical, una posible arma que también insinuaba una antorcha y una palma del martirio. (Martí murió en 1895 en una batalla para independizar a Cuba de España).

Al combinar las características de un santo cristiano, una figura espiritual africana, un monumento político y un autorretrato del artista, la imagen de Martí hecha por Elso era como la de un fantasma que caminaba, una personificación de la fragilidad como poder. Jamás he olvidado la primera vez que la vi hace casi 30 años, y ahora está de regreso, sin menguar su potencia, en el Museo del Barrio en la muestra Juan Francisco Elso: Por América, la cual, en el último minuto, encabeza mi lista de las mejores exposiciones de 2022.

La muestra reúne todo lo que vale la pena reunir del artista, y es una retrospectiva convencional de su trayectoria. Pero no es muy grande ya que solo cuenta con alrededor de 30 piezas, algunas en condiciones muy frágiles. A Elso no le dio tiempo de producir mucho: tenía solo 32 años cuando falleció de cáncer en 1988. Como buena parte de su trabajo fue hecho con materiales efímeros, mucho de lo que hizo no ha sobrevivido. Además, algunas de sus últimas obras importantes no estaban disponibles. (Debido a las complejas relaciones políticas entre ambos países, Cuba no presta las obras de arte de sus colecciones nacionales a Estados Unidos, y las piezas de Elso que aún están en Cuba no fueron trasladadas a Nueva York para la exhibición).

Para sortear estos obstáculos, las organizadoras de la exposición —Olga Viso, curadora invitada, quien colaboró con Susanna V. Temkin de El Museo del Barrio— han enmarcado su proyecto como un “estudio contextual”, el cual pone a un artista que fue muy influyente en su época y posteriormente, junto con artistas que conoció y otros, dentro y fuera de Cuba, que en ese momento o después fueron inspirados por su ejemplo, de manera directa o indirecta.

Nacido en La Habana en 1956, tres años antes de la revolución liderada por Castro, Elso creció dentro de un hogar católico y parece que esta inmersión temprana en la iconografía y los rituales populares de devoción lo predispusieron a lo que se volvió una atracción profunda y perdurable hacia la expresión visual de diversas espiritualidades, desde la escultura religiosa antigua de los mayas hasta la parafernalia ritual de las prácticas afrocaribeñas como la santería, de la cual se volvió un adepto. Muchos de sus amigos artistas más cercanos, entre ellos José Bedia Valdés, Ricardo Brey y Leandro Soto (1956-2022) —también representados en la muestra— compartían este mismo interés.

Todos eran estudiantes de arte en una época en la que la educación artística al estilo soviético, basada en las tradiciones académicas europeas del siglo XIX, era la única autorizada oficialmente. Enfocados en crear un arte cubano nuevo que incorporara motivos indígenas, referencias a las culturas afroatlánticas e influencias del arte contemporáneo que se estaba creando en otras partes, Elso y sus compañeros adoptaron una postura disidente y comenzaron a organizar muestras independientes por su cuenta.

Algunas fueron censuradas. En 1981, lograron inaugurar una exposición llamada Volumen Uno, que le dio su nombre a un movimiento de vanguardia en el nuevo arte cubano al cual pertenecía Elso. Las noticias sobre la muestra se difundieron fuera de la isla y Ana Mendieta, nacida en Cuba, voló desde Estados Unidos para verla, así como el escultor neoyorquino Melvin Edwards, conocido por “Lynch Fragments”, su serie abstracta pero incisivamente crítica. Estos artistas tuvieron un impacto en Elso, así como él lo tuvo en ellos, y la obra de todos se presenta en la galería introductoria de la exposición de El Museo.

En ese momento, Elso estaba enseñando —la artista y activista Tania Bruguera era una de sus alumnas— y creaba instalaciones artísticas a partir de un grupo cada vez más amplio de medios: pintura, arcilla, hilo, ramitas, papel maché, hojas secas, arena, agua de lluvia. De estas instalaciones de principios de la década de 1980, solo quedan fragmentos: delicados estudios de lápiz —vacilantes, como encefalogramas— y corazones de arcilla del tamaño de un puño y mazorcas de maíz. Algunos fragmentos están expuestos en vitrinas, al igual que, de manera muy conmovedora, un conjunto de vasijas rituales que Elso usó en sus ceremonias de santería (ahora llamada a menudo La Regla de Ocha).

Hoy en día, y a pesar del redescubrimiento de personajes históricos como Hilma af Klint, la fusión de arte y espiritualidad activa está pasada de moda. Pero en los primeros años del multiculturalismo se exploró ampliamente y Elso lo convirtió tanto en algo poético como político. En una escultura de 1986 titulada “La fuerza del Guerrero” (el título es una referencia a la santería), una figura masculina de madera tallada se eriza con varillas de madera que sobresalen, cada una etiquetada con el nombre escrito de una deidad cultural, desde la andina diosa de la tierra Pachamama, pasando por el líder lakota Toro Sentado, hasta el Che Guevara y Martí.

En “Pajaro que vuela sobre América”, del mismo año, tejió con ramas de arbolito e hilo de yute una especie de traje espacial alado medido a su altura. Era como si se posicionara como un ángel-Ícaro, escapando del encierro terrestre y buscando un nuevo lugar para aterrizar.

En 1986, comenzó a pasar una buena parte de su tiempo en México, donde se metió de lleno en la historia arqueológica y las tradiciones religiosas, pasadas y presentes del país y donde conoció a la pintora Magali Lara, con quien se casó. Solo después de que le diagnosticaron cáncer y requirió un tratamiento médico intensivo, regresó a La Habana, donde falleció.

Para ese momento, su reputación estaba alcanzando fama mundial. Su inclusión en la Bienal de Venecia de 1986 había llamado la atención. “Por América (José Martí)” fue creada para la segunda Bienal de La Habana de Gerardo Mosquera —una de las primeras bienales del mundo de alcance verdaderamente global— y fue reconocida por todos como la pieza destacada de la muestra. Sin embargo, esto le dio a Elso una notoriedad no deseada en Cuba, donde las autoridades del gobierno consideraron que su retrato de Martí, complejo y repleto de matices culturales, se salía del guion ideológico y era escandalosamente irrespetuoso.

¿Qué tan radicalmente rebelde se percibiría la obra de Elso en su tierra natal hoy en día? En la actualidad, la censura del arte y los artistas es más dura que nunca. En 2018, después de un periodo de apertura cultural conocido popularmente como “Obamismo” (cuando el gobierno del entonces presidente Barack Obama relajó las restricciones de viajes a Cuba), el jefe de Estado, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, firmó una ley, el decreto 349, que prohibía todo arte que no haya sido aprobado por el gobierno. Hasta el momento, el castigo a los transgresores ha sido duro. Han sido constantes las manifestaciones, en ocasiones planteadas a través del arte, por parte de una generación de artistas posterior a la revolución.

Algo de ese arte nuevo puede apreciarse en una exposición llamada Sin Autorización: Contemporary Cuban Art, en la Galería de Arte Wallach de la Universidad de Columbia. Los curadores —Gwen A. Unger, candidata a doctora en el Departamento de Historia del Arte de la facultad, y Abel González Fernández, candidato a maestro en el Centro de Estudios Curatoriales del Bard College— han elegido obras que, con pocas excepciones, tienen una orientación conceptual en su forma y una fuerte carga política en su contenido. La mayor parte de ellas no se ven ni se perciben para nada como lo que hacían Elso y sus compañeros del Volumen Uno. Parece que comparten poco interés, o ninguno, por sus inquietudes etnológicas y espirituales y tienen pocos vestigios, al menos que yo pueda detectar, del utopismo inspirado en Martí, con su visión de una posible “América” donde todos los sueños se pueden alcanzar.

Pero si se consideran juntas, las exposiciones de la Galería Wallach y de El Museo plantean un cambio generacional en lo que puede significar “político” en el arte, al menos en Cuba. La alineación de artistas que Viso y Temkin han incluido como contexto para Elso —Belkis Ayón y María Magdalena Campos-Pons, de Cuba, y Luis Camnitzer, Senga Nengudi, Lorraine O’Grady y Tiona Nekkia McClodden, de Estados Unidos— forman un cartel de rebeldes intelectuales y espirituales tan estimulante como ningún otro que yo haya visto este año.

Además, “Por América (José Martí)” encabeza el grupo. Es posible que su significado haya cambiado durante las décadas posmulticulturales, de revisión histórica, combate a la represión y descolonización que han pasado desde la primera vez que la vi y me impactó, como si fuera una aguja colocada en una vena. Pero sigue siendo, como en esa primera vez, un emblema inquietantemente enigmático de… ¿qué?: ¿anhelo?, ¿derrota?, y un vestigio luminoso de una trayectoria truncada.

Juan Francisco Elso: Por América

Hasta el 26 de marzo, El Museo del Barrio, Quinta Avenida 1230, alto Manhattan, (212) 831-7272; elmuseo.org.

Sin Autorización: Contemporary Cuban Art

Hasta el 15 de enero, Galería de Arte Wallach, Universidad de Columbia; (212) 854-6800; wallach.columbia.edu.


Holland Cotter es uno de los jefes de la crítica de arte en el Times. Escribe sobre una amplia gama de arte, antiguo y nuevo, y ha realizado extensos viajes a África y China. Fue galardonado con el Premio Pulitzer de crítica en 2009.


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