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Llegan a Ciudad de México a jugar béisbol. Pero antes, peregrinan

Tan pronto como Isidro Piña bajó del taxi, se dirigió hacia la mujer que vendía veladoras en la banqueta. Preguntó cuánto costaban —25 pesos mexicanos cada una, o 1,50 dólares— y sacó su billetera. Quería tres: una para él y una para cada uno de los amigos que lo habían acompañado a la que oficialmente se llama Basílica de Santa María de Guadalupe.

Cuando avanzaban por la nave principal, Piña dijo al grupo: “Se me pone la piel chinita cuando estoy aquí”, describiendo la sensación de piel de gallina.

De cierta manera, Piña, Mario Morales y Daniel Nuñez se mezclaron con la multitud. Vestían ropa sencilla —jeans, camisetas y zapatillas— y se arrodillaron junto a cientos de feligreses. Pero eran un poco más grandes que la mayoría. Los tres son beisbolistas profesionales de los Olmecas de Tabasco, equipo de la Liga Mexicana de Beisbol, que había venido a la capital para jugar contra los Diablos Rojos del México.

En lugar de pasar el rato en el hotel del equipo o ir de compras la mañana anterior a un reciente juego por la noche, siguieron una tradición no oficial entre los jugadores profesionales de béisbol en este país predominantemente católico: una peregrinación a uno de los sitios religiosos más visitados del mundo, aproximadamente 20 millones de personas vienen anualmente, hogar de la figura conocida como la Reina de México y Emperatriz de América.

Después de Brasil, ningún país tiene más católicos que México. La colorida iconografía de la Virgen María de Guadalupe es omnipresente en todo el país: en las paradas de taxis, hospitales, parques, restaurantes, hogares e incluso en la billetera de las personas. El 12 de diciembre, que conmemora cuando los católicos creen que María, la madre de Jesús, se apareció a un hombre indígena llamado Juan Diego Cuauhtlatoatzin en 1531, es considerada casi una fiesta nacional. Y los mexicanos de todos los estratos y ocupaciones, incluso los jugadores profesionales de béisbol, tratan de visitar el santuario con la mayor frecuencia posible.

Entonces, cada vez que un equipo de la Liga Mexicana está en la ciudad para jugar contra los Diablos Rojos, hacen un viaje por su cuenta. Cuando los Bravos de León estuvieron en Ciudad de México hace un mes, un grupo conformado por el dueño del equipo, su familia, el gerente general y ocho jugadores fueron la mañana previa a un partido. Una semana después, los Olmecas hicieron lo mismo.

“Aquí en México es totalmente la Virgen de Guadalupe”, dijo Piña, de 34 años, y después agregó: “Es como ir a visitar a tu mamá”.

El esfuerzo reciente de los Olmecas fue encabezado por Piña, un receptor veterano en un equipo que tuvo el tercer mejor récord de la liga este año y comenzó su postemporada el martes. Piña visitó la basílica por primera vez cuando tenía 18 años en 2007, su primer año con los Sultanes de Monterrey, luego de que sus compañeros mayores organizaran la salida. Ha regresado casi todos los años desde entonces. Y en 2010, mientras su esposa estaba embarazada de su primera hija y él rezaba para que todo saliera bien, hizo la promesa en la basílica de que siempre que estuviera en Ciudad de México la visitaría.

“Cuando entro aquí, siento una paz y una tranquilidad, como que me hace soltar todo”, dijo. “Por eso me gusta venir”.

A lo largo de los años, Piña ha traído compañeros de equipo de otros países, incluidos jugadores de República Dominicana y Estados Unidos. Pero la mayoría de los que vienen son mexicanos porque, dijo, ellos también crecieron entendiendo la importancia religiosa y cultural de la Virgen de Guadalupe.

Entonces, semanas antes de que los Olmecas volaran a Ciudad de México para la serie de tres juegos con los Diablos Rojos, Piña estaba reclutando compañeros de equipo para la visita a la basílica. Planearon que el grupo fuera más grande de lo que terminó siendo, pero un jugador fue cambiado a otro equipo y otro estaba enfermo. Morales y Núñez, ambos mexicanos, dijeron que sí al instante.

“Mi primera vez fue con mi familia cuando tenía unos 10 años”, dijo Morales, de 29 años, un lanzador nacido en California, que notó cómo su fe y devoción a la Virgen le fueron transmitidas por su madre, quien es de un lugar cerca de Guadalajara. “Fue algo muy bonito y siempre he tenido esa idea de regresar”.

Núñez, de 20 años, lanzador de Yucatán, en el sureste de México, visitó por primera vez los dominios de la Virgen de Guadalupe con su madre cuando tenía 12 años, mientras formaba parte de un entrenamiento de la selección nacional en Ciudad de México, pero nunca entró a la iglesia principal. Entonces, cuando Núñez la recorrió recientemente, sus ojos permanecieron muy abiertos. Después de que los tres jugadores admiraron la imagen original de la Señora de Guadalupe colgada sobre el altar y tomaron fotos con sus celulares, Núñez notó el significado para él.

“Es una sensación indescriptible”, dijo. “Quiero traer a mi familia el próximo año”.

La religión tiene un papel más amplio en la cultura deportiva de América Latina.

Varios equipos de la Liga Mexicana tienen altarcitos en sus estadios. Los Diablos Rojos tienen un nicho en la pared que lleva de los vestidores al dugout, el cual está tapizado de imágenes de la Virgen de Guadalupe, estatuillas de santos, cruces y veladoras. También hay un altar a la Virgen de Guadalupe en el túnel que lleva a la cancha del Estadio Azteca, un estadio de fútbol en Ciudad de México que es uno de los más icónicos del mundo.

El Atlas, un club de fútbol mexicano, ganó un campeonato el año pasado y llevó su trofeo a la catedral de Guadalajara a una misa. Antes de esta temporada, los Olmecas hicieron que un sacerdote oficiara una misa en la cancha de su nuevo estadio. Algunos equipos oran juntos antes de los partidos. En los vestidores de León, los Bravos han reservado un casillero para Jesús, junto con una camiseta que lleva su nombre y el número 33.

“En Latinoamérica”, dijo Víctor Bojórquez, mánager de los Diablos Rojos, “la gente es muy creyente”.

Morales comentó que su fe y la visita a la basílica ayudaban a tranquilizarlo en los altibajos de la temporada. Luego de que se sometió a una cirugía de hombro en 2021 rezó para evitar lesiones futuras. Núñez dijo que tiene un ritual espiritual antes de los partidos: orar y recordar a su abuelo, un exbeisbolista que, en su lecho de muerte, le hizo prometer que algún día llegaría a ser jugador profesional.

“Lo cumplí”, dijo Núñez, quien antes de comenzar a lanzar en un partido escribe “su nombre en la loma”.

Afuera de la nave principal, los jugadores hicieron lo que muchos otros feligreses hacían: encendieron sus veladoras, cerraron los ojos para pedir algo especial y las depositaron en el receptáculo. Luego se dirigieron a las otras capillas del recinto, entre ellas la basílica original, que tiene 300 años de antigüedad. Piña fungió de guía.

Al subir con facilidad por los escalones a la Capilla del Cerrito en el Tepeyac, donde se cree que la Virgen se le apareció a Juan Diego por primera vez, los jugadores bromearon: su profesión les permitía manejar la carga de la altura de Ciudad de México. A su alrededor, turistas extranjeros, familias mexicanas e incluso personas cargadas con maletas batallaban para subir.

De pie en la cima, los deportistas pidieron a un transeúnte que les tomara una foto y admiraron la vista de la metrópoli abajo.

“¿Te imaginas qué lleno estaría el 12 de diciembre?”, preguntó Piña.

Antes de regresar, los beisbolistas se detuvieron en los numerosos mercados que rodean las inmediaciones de la basílica. Piña compró algunos artículos religiosos, entre ellos una estatua de medio metro. Núñez se llevó seis llaveros con motivos guadalupanos para su familia. Morales adquirió un imán para la colección de su madre, que aumenta con sus viajes. Y debido al clima cálido y soleado, compraron bebidas —horchata y jugos de fruta— para el trayecto en auto de 43 minutos que los llevaría por el tráfico pesado de Ciudad de México hasta el hotel del equipo.

Su taxi llegó justo antes de las 2 p. m. El autobús que los llevaría al estadio saldría en dos horas. El juego de las 7 p. m. los esperaba.

James Wagner es corresponsal internacional de deportes, radicado en Ciudad de México. Se unió al Times en 2016, cubriendo béisbol y reportando la Copa del Mundo y los Juegos Olímpicos. Nicaragüense-estadounidense del área de Washington, su lengua materna es el español. Más sobre James Wagner


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