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La razón por la que colapsan los programas como el de Jimmy Fallon

Las acusaciones de la semana pasada sobre un entorno laboral tóxico en The Tonight Show Starring Jimmy Fallon, el programa nocturno de Fallon, iniciaron una estruendosa ronda de chismes del famoseo: decepción y angustia para los admiradores del presentador, comidilla para sus críticos y tema de reflexión para los estudiosos de los escándalos del mundo del entretenimiento. El reportaje sobre Fallon, que apareció en Rolling Stone, recuerda a las noticias de hace solo unos años sobre The Ellen DeGeneres Show. Varios miembros de las plantillas de ambos programas han hablado de las exigencias poco razonables y de los raptos de ira impredecibles.

Las provocaciones inaceptables fuera de la pantalla son el pan de cada día en el mundo del espectáculo; el divismo de los dioses del rock, de las estrellas del cine y de las sopranos de la ópera copan las páginas de todas las crónicas desde las trincheras de la fama. Pero estas historias tienen especial repercusión cuando afectan a presentadores de programas de entrevistas, porque su encanto afable y despreocupado es crucial para su atractivo. Todo se resume a que son amigables y es fácil hablar con ellos.

Tras haber entrevistado a muchísimos de estos presentadores a lo largo de los años y haber sido testigo de sus profundas reservas de talento —como cómicos, como imitadores, como músicos— pero también, casi a partes iguales, de su fragilidad, inseguridad y vulnerabilidad, puedo decir que la mezcla de encanto y caos no es una contradicción. Ni siquiera es una rareza. Es un efecto directo del modo en que están estructurados estos programas. Al aire, la diversión es contagiosa. Fuera del aire, el ambiente puede ser como el de la bodega de una galera romana: todo el mundo rema, pero los latigazos pueden volverse desagradables.

A diferencia de las estrellas de casi cualquier otro género del entretenimiento, los presentadores de los programas de entrevistas suelen llevar las riendas de todo el negocio: la contratación de todos los participantes principales —desde el director de la banda musical hasta el locutor de voz en off—, la selección de los chistes, las decisiones sobre los sketches, la publicidad, las interacciones con los invitados; todo ello encabezado por el nombre que figura en la marquesina. La presión de ser el rostro en solitario de toda la empresa aumenta aún más porque al actuar se están interpretando a sí mismos: a las personas que eran en el colegio, a las personas que tienen que llamar a un plomero o fontanero a casa cuando el fregadero gotea. Su éxito depende de su capacidad para convencer al público de que este los conoce de verdad.

No es así, por supuesto. En los primeros tiempos de la televisión, Sid Caesar era una de las estrellas más queridas del medio, pero sus ataques de furia fuera de las cámaras eran legendarias. Una vez sacó a Mel Brooks, su guionista en aquel entonces, por la ventana de una habitación de hotel por haberse quejado sobre el humo apestoso de los puros de Caesar.

David Letterman era intenso y rara vez quedaba satisfecho (a pesar de las adulaciones, tanto de sus admiradores como de sus críticos) y era propenso a los arrebatos de ira, que incluían el lanzamiento de objetos por toda su oficina.

Conan O’Brien, un alma encantadora, adquirió cierta fama de intimidar a su personal, hasta el punto de que, al parecer, a los empleados nuevos se les advertía de que no establecieran contacto visual con él. Quedó tan sorprendido cuando se enteró, que lo convirtió en un sketch en el que Jim Carrey lo interpretaba como un ególatra maltratador que castiga a un becario tirándole café a la cara.

Es bien sabido que, incluso en los programas donde la moral de los empleados está alta (que los hay), el formato de la franja nocturna es una olla a presión, lo que inspira a muchos talentos que trabajan tras las cámaras a migrar a actividades relativamente más sanas, como escribir guiones de cine o vender comedias.

En el programa de la noche de Fallon, ha habido durante años un trasfondo de discordia fuera del aire, mientras que sus guionistas, productores y showrunners llegaban y se marchaban cuales aves migratorias. Quizá era inevitable que esa olla hirviente acabara desbordándose ante la vista de todos. Sin embargo, hubo otras dos ocasiones en las que la vida de un presentador detrás de las cámaras salió a la luz pública que demuestran que hablar de temas incómodos con sinceridad y sin rodeos puede hacer crecer el vínculo entre el público y la estrella.

En 2009, cuando salió la noticia de que Letterman había testificado ante un gran jurado sobre haber sido chantajeado, tuvo que abordarla, junto con el contexto de que había mantenido relaciones sexuales con empleadas suyas. Lo hizo sin arredrarse. Con un tono mucho más emocional, el otro Jimmy —Kimmel— se plantó en 2017 ante sus espectadores y les contó el terrible susto de salud al que se había enfrentado su hijo pequeño. En ambos casos, los presentadores abrieron un resquicio en sus muy cuidados personajes al aire. Los hizo más humanos y cercanos.

El modo en el que estos presentadores reaccionan a la implacabilidad de la luz pública a menudo se reduce a cómo se desenvuelven en la vida real. Con suficiente dinero en el bolsillo y aplausos en los oídos, es sumamente fácil perder el contacto con la realidad. Fallon, cuyo programa, como todos los demás, está en pausa debido a la huelga de guionistas, convocó enseguida una reunión por Zoom para pedir disculpas a su personal. Eso puede ayudar con la infelicidad que cunde tras las cámaras. Todavía no se sabe cómo afectará a la relación de Fallon con sus fans.

Con un escrutinio muchísimo mayor, gracias sobre todo a las redes sociales, ese trabajo es muy diferente a como era cuando reinaba Johnny Carson. Él podía mantener un personaje simpático en pantalla y ser distante en su vida privada. La audiencia ya no espera que sus presentadores sean infalibles, pero sí que sean auténticos, o al menos sepan fingirlo bien.

Fallon se ha beneficiado mucho de su simpatía, y ha sufrido críticas duras, y a veces injustas, de las personas que lo consideran un farsante. Parte de su encanto ganador era que parecía no creerse aún que hubiese conseguido ese trabajo.

Según me dijo, reconoce que su carrera iba en fuerte declive y que ser presentador de la televisión nocturna la reavivó. Y, al igual que los demás, dice que le encanta el trabajo. El mejor consejo que puede seguir es probablemente el de Kimmel, que una vez me resumió así su experiencia como presentador de televisión: “Disfrútalo mientras puedas”.

Bill Carter, quien cubrió los temas de televisión para el Times durante más de 25 años, es autor de dos libros sobre la televisión nocturna, The Late Shift y The War for Late Night.

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