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El arte de embalsamar está muriendo

Mientras Harvell embalsamaba los dos cuerpos, masajeando la rigidez de las articulaciones y empujando el líquido arterial a través de los vasos sanguíneos, Velázquez y Xenia Ware, la propietaria de la funeraria, estaban cerca y charlaban sobre los clientes. Una familia, dijeron, había insistido en celebrar un servicio fúnebre en el norte de Nueva Jersey, para que luego el cortejo fúnebre se dirigiera una hora hacia el sur por la Garden State Parkway hasta el entierro.

Harvell pareció registrar lo que se decía, mientras fragmentaba su atención hacia su trabajo y uno de sus Airpods Pro que llevaba en la oreja derecha, a través del cual mantenía una conversación con un amigo. “Está bien”, susurró, y era difícil saber si hablaba con los vivos o con los muertos.

Poco a poco, el aire de la habitación del sótano se iba llenando de formaldehído, que dejaba un olor dulzón. El fluido se había vaciado de la máquina, la sangre yacía en cubetas que colgaban de los extremos de las camillas; Harvell volvió a lavar los cuerpos, masajeándolos a medida que avanzaba. Les puso puntos de gel de aceite en la cara para hidratar la piel y luego recordó en voz alta cómo un hombre lo había llamado una vez para organizar su propio funeral.

“Me dijo: ‘Me iré en unas dos semanas’”, contó Harvell. “Y yo le dije: ‘No, estarás bien’”. A Harvell le parecía que el hombre era fuerte, lo conocía de la comunidad y consideró absurdo que pudiera morir en un lapso tan preciso. Sin embargo, dos semanas después, se había ido. Harvell afirmó: “Eso me hizo reflexionar. Una persona estaba aquí, riendo y bromeando y, de repente, ya no está”.

Mencionó que su propio hermano había muerto, de manera repentina, en 2013. Luego su abuela en 2016. Luego otro hermano en 2018. Los embalsamó a todos. “Muchas veces, creo que esto es lo que nos pasa”, dijo. “Las personas que se van y fallecen, lo han aceptado. Es a quienes dejan atrás, somos nosotros que no los dejamos ir”.

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