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El accidente del Titán no debe detener la exploración marina

Cuando cumplí 4 años, mi padre me encontró en el fondo de la piscina, compartiendo el suministro de aire, o haciendo “respiración de compañero”, con un amigo de la familia; era mi primera experiencia de buceo.

Desde entonces, buceo y, desde los siete años, participo en expediciones a los lugares más remotos del planeta. Ya como adulto, he dirigido equipos para bucear con orcas y tiburones blancos, hacia el Polo Norte y hacia el fondo del mar Mediterráneo y para vivir bajo el agua durante 31 días. He pilotado submarinos e incluso construí un submarino que parecía un tiburón. El viaje ha estado lleno de experiencias gratificantes y también de desafíos, algunos de ellos dolorosos.

Mi abuelo, Jacques Cousteau, fue un pionero de la exploración oceánica que, durante muchas décadas, hizo partícipes de su pasión a millones de personas de todo el mundo. Contribuyó a la invención de muchas de las herramientas que necesitaba —la escafandra autónoma, los sumergibles, los hábitats sumergidos, las cámaras submarinas y mucho más— porque veía la necesidad de innovar para aprender y explorar. A menudo, citaba la frase: “Al final, solo conservaremos lo que amamos; solo amaremos lo que comprendemos y solo comprenderemos lo que nos enseñan”. Esa creencia alimentaba su insaciable afán por ir más allá de lo conocido y traspasar los límites de la comodidad y la rutina.

Me sumerjo en lo desconocido porque el océano es único, mágico y misterioso. Es el sustento de toda la vida en la Tierra. En el infinito vacío del espacio, nuestro frágil planeta azul alberga casi toda la vida que conocemos, apreciamos y de la que dependemos. El océano es el sistema vital de la Tierra, sin el cual no podríamos existir. No hay otro planeta conocido que pueda sustentar a nuestra especie. Es un milagro de la naturaleza que estemos aquí.

La mayoría de las tareas en apariencia mundanas que nuestro cuerpo realiza para mantener la vida son gracias a que vivimos en un mundo líquido. Alrededor del 50 por ciento o más del oxígeno procede del mar, generado por billones de plantas y animales microscópicos (fitoplancton) que lo llaman hogar. La naturaleza de circuito cerrado de la Tierra y su atmósfera impulsa la evaporación del océano; la lluvia cae, riega los cultivos y llena los mantos acuíferos. Los alimentos que consumimos dependen de los recursos del mar y a él debemos nuestro clima templado (en comparación con el de los planetas conocidos).

En toda la exploración moderna de los océanos, apenas hemos tocado la superficie —mucho menos del 10 por ciento de las profundidades saladas— de forma significativa. Esto no debería sorprendernos si tenemos en cuenta que el océano representa el 99 por ciento del espacio vital de nuestro planeta. Si a esto añadimos las complejidades de la exploración submarina, como el aumento de las presiones, la densidad del agua de mar, la naturaleza corrosiva del agua salada sobre los equipos, las fuertes corrientes, las temperaturas extremas, una topografía desconocida, la falta de luz, una fauna impredecible (o desconocida) y los riesgos provocados por el hombre, como enredarse en redes de pesca, queda claro por qué nuestros conocimientos siguen siendo tan limitados. Buceo en busca de respuestas.

Cabría imaginar que comprender el sistema que hace funcionar nuestro planeta y gestionar su salud sería una prioridad absoluta. Sin embargo, en 2022, la NASA recibió más de 500 veces más fondos que la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA, por su sigla en inglés) para la exploración e investigación de los océanos. No me malinterpreten, la exploración espacial es vital y me encanta (¡por favor, apúntenme para explorar los antiguos océanos de Marte si el viaje es redondo!). Pero hasta que surja esa oportunidad, explorar los mares de nuestro planeta seguirá cautivando mi alma. Porque es la clave para progresar como especie.

Como sucede con todo lo desconocido, esta exploración conlleva riesgos y recompensas que entiendo y acepto. Siempre me consideraré un estudiante de la exploración oceánica. Si se realiza correctamente, la experiencia es gratificante y cambia la vida. Es fácil juzgar un suceso desafortunado y poco frecuente desde la comodidad desconectada de un sillón. La tragedia del sumergible Titán es solo un ejemplo. Debemos dejar el juicio a los expertos y compadecernos de los que sufren.

A partir de ahora, es imperativo trazar una línea clara y nítida entre los profesionales de carrera y el mercado del turismo de aventura. Para los turistas, los riesgos deben minimizarse a toda costa y quienes participen en la exploración de las profundidades marinas deben estar muy bien informados y recibir la formación adecuada. Esto vale tanto para el espacio exterior como para el interior.

La exploración de los océanos sigue siendo crítica. Nuestro planeta se enfrenta a grandes retos y los mares están sometidos a una gran presión, quizás hasta el punto de no retorno. Debemos permanecer en el agua y buscar conocimientos y respuestas con la mayor rapidez y sensatez posibles, utilizando para ello medios seguros. Es inevitable cometer errores, aunque pueden y deben ser pocos y distantes entre sí. No cometamos el error de no ir allí, de permitir que una tragedia nos impida seguir aprendiendo y buscando soluciones.

Una forma en la que espero avanzar en la exploración de los océanos —mientras se minimizan los riesgos— es crear un laboratorio estacionario y submarino de última generación sin un casco a presión como el que muy probablemente implosionó en Titán. Para mí, esto es lo que falta en nuestra caja de herramientas marinas: un medio para que los seres humanos vivan y trabajen en el mundo oceánico. Para cualquier aventura en el mar como esta, creo en las asociaciones: sin fines de lucro, con fines de lucro, privadas y del sector público. Creo en la participación y la escucha atenta de los expertos y en la búsqueda de cualquier estrategia inteligente y aceptable de mitigación de riesgos. Creo en el proceso de certificación cuando está en juego la vida de las personas.

Qué maravilla cuando todo el esfuerzo, la planificación y los retos dan sus frutos con un descubrimiento que hipnotiza al niño que todos llevamos dentro y, mejor aún, cuando resuelve un problema al que se enfrentan la humanidad o la naturaleza. Mi pasión y dedicación por la exploración y conservación de los océanos proceden de dos generaciones que han transmitido esta curiosidad y amor por nuestro planeta acuático. Y haré todo lo posible para que mis nietos puedan hacer lo mismo.

Fabien Cousteau, acuanauta y ecologista, es fundador de Proteus Ocean Group, que construye y opera PROTEUS, un hábitat submarino sostenible para científicos y otros visitantes.

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