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La vida tras perder a mi hija es terrible. Pero también bella

En junio del año pasado, en las escasas semanas que transcurrieron entre el primer tumor cerebral de Orli y el segundo —cuando su batalla de varios años contra un cáncer hepático, después de ronda tras ronda de quimioterapia y radioterapia, un trasplante de hígado y muchísimas operaciones quirúrgicas, se había transformado en algo aún más aterrador—, nuestra familia tuvo la bendición de poder pasar unos días junto al mar, en una pequeña localidad pesquera. Una mañana, temprano, Orli se fue a montar en bicicleta ella sola, haciendo caso omiso de las reticencias de sus médicos (que temían por su equilibrio) y de sus padres (que estaban preocupados de por sí). Me la encontré sentada en un malecón formado por unas enormes rocas, con un libro en la mano, contemplando el mar. Se dio la vuelta cuando me oyó llegar y sonrió de oreja a oreja. Aquello, dijo con gran gestualidad, era beneficioso para su salud mental. Se refería a la arena, al mar, a la soledad, a la belleza, a la autonomía. No hacía desaparecer todo por lo que había pasado, y lo que sospechaba que tendría que pasar, pero la sostuvo, durante un rato. Esto, esto es lo que necesito, me dijo.

Esta temporada ha consistido en intentar averiguar qué vio Orli allí. Me he pasado estas últimas semanas insistiéndole al resto de nuestra familia en que salgan al mundo conmigo, a ver lo bello que es, y también lo terrible, asombroso y doloroso. Ahora estamos tratando de aprender a vivir. A menudo tropezamos.

Al principio del verano tuve la idea de embarcarme en un gran tour de la tristeza, y visitar los lugares de Europa en los que habíamos vivido, en los años antes de que todo esto empezara. Quería ver a mis amigos y quedarme unos días con ellos, e intentar recobrar, aunque fuese brevemente, mi capacidad de asombro. Mi hija pequeña, Hana, y yo decidimos que por todo el camino iríamos dejando cuentas blancas con una O dorada—migas de pan semipermanentes— como una forma de llevarnos a Orli con nosotras, de mantenerla cerca. Buscábamos a Orli a nuestro paso; buscábamos para encontrarnos a nosotras mismas. En la costa española, a 90 minutos al norte de Barcelona, nos fuimos de caminata por senderos rocosos, donde los pinos del Mediterráneo crecen inverosímilmente en la inhóspita roca y, aferrados a la vida, florecen y reverdecen, aunque muy curtidos y maltrechos. Mira cómo sobreviven, nos decíamos la una a la otra. Mira cómo sobreviven.

El cumpleaños de Hana coincidió con la mitad de nuestro viaje, en París. Les pidió a sus amigos que la llamaran o le mandaran un mensaje de texto en la hora exacta de su nacimiento. En el momento en que llegaron los mensajes, cayó una rápida tormenta veraniega. Mientras que mi pareja, Ian, y yo nos refugiábamos bajo el toldo de un restaurante cerrado, Hana corrió a bailar bajo la cálida lluvia. Levantó la vista y vio que estábamos delante del número 13, el día del cumpleaños de Orli y su número favorito. “¡Es Orli!”, exclamó Hana. Y nosotros pensamos: ¿Quién sabe? Quizá sí es.

En parte, sé que nuestros viajes fueron un medio de huida. De hecho, me habría mantenido en esa huida si Hana e Ian hubiesen estado dispuestos, si las finanzas nos lo hubiesen permitido. Si hubiese podido desraizarnos del todo, probablemente lo habría hecho. (Sé que éramos afortunados, en medio de una enorme desgracia, por tener la capacidad de huir siquiera). Nuestra casa se nos puede hacer a veces muy pesada y fantasmagórica. Me he pasado horas limpiando la habitación de Orli, primero recogiendo el material médico para donarlo y después cambiando la ropa de cama en la que murió. La habitación conserva el perfume de Orli, en un pequeño difusor de varillas aromáticas que hacen promesas olfativas que no pueden cumplir.

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