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Cómo se vive en Moscú cuando Rusia está en guerra

Los trenes del metro transitan sin problema en Moscú, como de costumbre, pero trasladarse por el centro de la ciudad en automóvil se ha vuelto más complicado y molesto porque el radar que detecta los drones interfiere con las aplicaciones de navegación.

Hay algunos moscovitas adinerados que pueden comprar automóviles occidentales de lujo, pero ahora no hay suficientes disponibles. Y aunque este mes las elecciones locales para la alcaldía se llevaron a cabo normalmente, muchos de los residentes de la ciudad decidieron no votar, ya que parecía que el resultado estaba predeterminado (una victoria aplastante para el alcalde de turno).

Casi 19 meses después de que Rusia invadió Ucrania, los moscovitas están viviendo dos realidades: la guerra ha causado pocos trastornos importantes y se ha convertido en ruido de fondo, pero sigue omnipresente en la vida cotidiana.

Este mes, en Moscú ondean banderas rojas, blancas y azules por la celebración anual del aniversario número 876 de la capital. Sus dirigentes celebraron la ocasión con una exposición de un mes que concluyó el 10 de septiembre. Con el holograma más grande del país, mostró a esta ciudad de 13 millones de habitantes como una metrópolis que funciona sin problemas y tiene un futuro brillante. Según los organizadores, más de siete millones de personas visitaron la exposición.

No hay mucha preocupación entre los residentes con respecto a los ataques de drones que han afectado a Moscú este verano, y no hay sirenas de alarma que adviertan sobre un posible ataque. Cuando se retrasan los vuelos debido a alguna amenaza de drones en la zona, la explicación casi siempre es la misma que la que está pegada en los letreros de las boutiques de lujo de diseñadores occidentales que están cerradas: “Motivos técnicos”.

La ciudad sigue creciendo. Grúas salpican el horizonte y hay rascacielos que surgen por toda la ciudad. Nuevas marcas, algunas locales, han remplazado a las tiendas emblemáticas como Zara y H&M, las cuales se fueron después de que comenzó la invasión en febrero de 2022.

“Nosotros seguimos trabajando, viviendo y criando a nuestros hijos”, comentó Anna, de 41 años, mientras caminaba por la acera donde las personas depositan flores en recuerdo de la muerte del líder mercenario de Wagner, Yevgueni Prigozhin. Anna mencionó que trabajaba en un ministerio del gobierno y, al igual que los demás entrevistados, no dio su apellido por temor a alguna represalia.

Pero a algunas personas les afecta más las repercusiones de la guerra.

Nina, una mujer jubilada de 79 años que estaba comprando en un supermercado Auchan situado en la zona noroeste de Moscú, comentó que definitivamente había dejado de comprar carne roja y que casi nunca podía darse el lujo de comprar un pescado entero.

“Justo ahora, en septiembre, los precios subieron muchísimo”, afirmó.

Nina comentó que las sanciones y los proyectos de construcción por todas partes eran algunas razones detrás de los precios elevados, pero que la principal razón es que “se gasta mucho en la guerra”.

“¿Por qué iniciaron todo esto?”, añadió Nina. “Es una enorme carga para el país, para el pueblo, para todo. Y hay gente que desaparece, sobre todo los hombres”.

En un sondeo reciente del independiente Centro Levada, más de la mitad de los encuestados mencionó el aumento de precios cuando se les preguntó cuáles eran los principales problemas que enfrentaba Rusia. La guerra, que en Rusia se conoce como la “operación militar especial”, se mencionó en segundo lugar, con el 29 por ciento, empatada con “la corrupción y el soborno”.

“En principio, todo se está encareciendo”, señaló Aleksandr, de 64 años, quien mencionó que trabajaba como director ejecutivo en una empresa. Sus hábitos de consumo en el supermercado no han cambiado, pero afirmó que no había podido cambiar su automóvil de marca de lujo occidental por un modelo nuevo.

“Para empezar, no hay automóviles”, explicó, y comentó que la mayor parte de los concesionarios de automóviles occidentales habían salido de Rusia y que las marcas chinas los estaban remplazando.

La guerra se ha hecho patente fuera de los supermercados y los concesionarios de automóviles. Tal vez Moscú sea una de las pocas ciudades de Europa sin funciones con entradas agotadas para ver Barbie. Warner Bros, que produjo la película, se fue de Rusia poco después de que el presidente Vladimir Putin invadió Ucrania, y solo se proyectaron copias piratas de Barbie en algunas salas clandestinas.

Los cines proyectan con regularidad películas estrenadas hace más de cinco años debido a problemas de licencias y a las nuevas y estrictas leyes que prohíben cualquier mención a las personas LGBTQ.

En las vallas publicitarias de las carreteras y en los carteles de las tiendas hay anuncios para alistarse en el ejército. Hace poco, el metro de Moscú dejó de hacer anuncios en inglés, y una voz en ruso repite dos veces cada parada.

Moscú también está cambiando cosméticamente. La semana pasada se inauguró una estatua de Felix Dzerzhinski, fundador de la policía política soviética, frente a la sede de los servicios de inteligencia extranjeros. Es una copia de la estatua que se erigía frente a la sede de la KGB hasta que fue derribada en 1991 por rusos hambrientos de libertad.

Las elecciones para la alcaldía también pusieron de relieve el cambio radical en la política rusa. Hace una década, el político opositor Alexéi Navalny se presentó como candidato contra Serguéi Sobianin, de 65 años. Ahora Navalny está en la cárcel y no hubo una competencia real para Sobianin, quien ganó un tercer periodo con un 76 por ciento de los votos, un resultado sin precedentes.

Otros partidos, entre ellos el Partido Comunista, presentaron un candidato contra Sobianin, pero estos se consideran partidos de “oposición sistémica”, o grupos del Parlamento que en teoría son de oposición, pero que alinean sus políticas con las del Kremlin en la mayor parte de los temas.

“Antes de la guerra, yo todavía votaba”, comentó Vyacheslav Bakhmin, presidente del Grupo Helsinki de Moscú, el grupo de derechos humanos más antiguo de Rusia. “Ahora no quiero votar porque, bueno, parece que el resultado es evidente, ¿no?”.

Muchos moscovitas decidieron no votar, aunque la participación alcanzó su nivel más alto en dos décadas gracias al voto electrónico, que permite a las personas emitir su voto por internet. También se anima de forma insistente a los empleados del sector público a votar.

Sobyanin, de 65 años, se ha beneficiado de una imagen cuidadosamente cultivada como administrador eficaz, y la limpieza de Moscú y la facilidad para desplazarse son elogiadas incluso por personas que se oponen a su partido político. Ha hecho del transporte una de las señas de identidad de su mandato, y no solo mantiene los trenes en funcionamiento de forma eficiente, sino que está abriendo estaciones nuevas.

Las elecciones en Moscú y en más de 20 regiones rusas se consideran un ensayo para las elecciones presidenciales de marzo. Putin no ha declarado su candidatura, pero se espera que se presente.

Mientras Putin preside una guerra a la que no se le ve fin, las autoridades han trabajado para limitar las manifestaciones públicas de disidencia y hacer parecer que las cosas son lo más normales posible. Alekséi Venediktov, quien encabezaba la estación de radio liberal Eco de Moscú antes de que el Kremlin la cerrara el año pasado, explicó que el gobierno había creado una ausencia de espacios políticos en la guerra.

“Esta guerra está principalmente en la televisión o en los canales de Telegram, pero no en las calles. Ni siquiera se habla de ella en las cafeterías y los restaurantes, porque es peligroso, ya que las leyes que se adoptaron son represivas”, mencionó Venediktov. Señaló casos en los que quienes manifestaron sus opiniones en contra de la guerra fueron denunciadas —o en algunos casos reportadas a la policía— por personas que estaban sentadas cerca de ellas en el metro o en algún restaurante.

“Las personas prefieren decirse unas a otras: ‘Mejor no hablemos de eso aquí’. Y por eso no lo vemos en el ambiente”, comentó Venediktov.

En el Centro Internacional de Negocios de Moscú, una zona de rascacielos que es la respuesta de la capital rusa al Distrito Financiero de Nueva York, muchas personas ignoraron con indiferencia una serie de ataques de drones que dañaron algunos de sus edificios, pero que no cobraron víctimas.

Olga, una mujer que dijo que trabajaba cerca de ahí, solo asintió cuando un compañero le restó importancia al posible riesgo.

Posteriormente, Olga envió un mensaje por la aplicación de mensajería Telegram a un periodista de The New York Times: “No podía decir nada porque en el trabajo no se habla de una postura como la mía”, escribió. “Yo estoy en contra de la guerra y detesto nuestro sistema político”, escribió.

Según ella, cuando hay algún ataque de drones dentro de Rusia, “siempre tengo la esperanza de que tal vez alguien piense en lo que implica vivir bajo bombardeos y le pese la pérdida de nuestra vida normal antes de la guerra”. Olga mencionó que, si las explosiones no cobran víctimas, entonces: “Yo no lamento para nada el daño que hagan a los edificios”.

Venediktov mencionó que, aunque fuera difícil ver cambios en la superficie de Moscú y fuera cada vez más difícil comentarlos, la gente realmente se estaba transformando por dentro.

“El pueblo está comenzando a retomar las prácticas soviéticas en que las conversaciones públicas pueden suscitar problemas en el trabajo”, comentó. “Es como el envenenamiento: un proceso muy lento”.

Valerie Hopkins es corresponsal internacional de The New York Times y cubre la guerra en Ucrania, así como Rusia y los países de la antigua Unión Soviética. Más de Valerie Hopkins

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