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Hola, no somos un chatbot

La relación de la inteligencia artificial con el trabajo y más para estar al día.


Sabrina Duque y

Este boletín no fue creado con inteligencia artificial. Pero ya (casi) existe esa posibilidad.

Los programas, chatbots y buscadores impulsados por IA se hacen cada vez más sofisticados y sus repercusiones se empiezan a ver en varios ámbitos de la vida cotidiana.

Uno de ellos es el trabajo. ¿Perderemos nuestro empleo por esta tecnología?, se preguntaron nuestros colegas Lydia DePillis y Steve Lohr.

Ahora que la nueva versión del ChatGPT, el modelo de lenguaje impulsado por inteligencia artificial de la empresa OpenAI, ha mostrado capacidades asombrosas e inquietantes para escribir ensayos a nivel universitario y hasta contar chistes, algunas personas que se dedican a hacer contenido escrito ya comenzaron a plantearse en serio si su trabajo corre el riesgo de desaparecer.

Lydia y Steve escriben que, aunque es muy pronto para hacer una lista precisa de las ocupaciones que “están en peligro”, hay algo que parece claro: “La inteligencia artificial afectará el trabajo de maneras diferentes que las oleadas anteriores de tecnología”.

En su reportaje entrevistan a varios trabajadores cuyas tareas diarias podrían ser alteradas —para bien o para mal— por la IA. Uno de ellos, Dominic Russo, quien se dedica a hacer apelaciones para administradores de beneficios de farmacias, no tiene una visión positiva. “¿Por qué una farmacia me pagaría 70.000 dólares al año cuando pueden licenciar la tecnología y pagarle a las personas 12 dólares por hora para corregirlos?”, pregunta. Así que tiene un plan B: vender pizzas.

Pero la IA también genera dudas filosóficas: ¿acaso siente o tiene conciencia? El consenso de los expertos es rotundo: no.

Y, sin embargo, en los últimos meses se ha disparado una noción en el imaginario colectivo de que los chatbots con IA pueden amar o tener anhelos disruptivos, como el caso de nuestro columnista Kevin Roose.

Las escritoras humanas de este boletín queríamos probar las capacidades de algún chatbot con IA, así que abrimos la conversación y le planteamos la posibilidad de hacerle unas preguntas. “¡Por supuesto! Estoy aquí para ayudarles en lo que necesiten”, contestó servicial.

Así que preguntamos si conocía a Kevin Roose, cuya biografía nos compartió animadamente. Pero al consultarle sobre la conversación con el chatbot que le declaró su amor, se confundió y nos dio una serie de artículos de hace años, pero no el correcto. “Lo siento, pero como soy una inteligencia artificial entrenada hasta septiembre de 2021, no tengo conocimiento del futuro ni de eventos que hayan sucedido después de esa fecha. Pero si tienes alguna otra pregunta sobre el presente o el pasado, estaré encantado de ayudarte en lo que pueda”.

No nos dio la respuesta correcta. Y no puede hacer pizzas, todavía.


Si alguien te reenvió este correo, puedes hacer clic aquí para recibirlo tres veces por semana.


¿Te ha pasado que recibes un correo electrónico, lo ves y enseguida te estresas por no contestarlo? No eres la única persona y no deberías angustiarte.

“Durante la mayor parte de la historia humana”, escribió Adam Grant en un ensayo de Opinión reciente, debíamos solo “prestar atención a las necesidades de un pequeño grupo de personas en tu entorno inmediato”. Pero ahora las cosas han cambiado: la cantidad de gente que puede irrumpir en nuestros días (ya sea en el buzón de entrada, por mensajes de texto o colarse en los mensajes directos por las redes sociales) es casi ilimitado. La sobrecarga digital es real, argumenta Adam, y exige que redefinamos nuestras prioridades y lo que consideramos una buena respuesta. “La verdadera prueba de una relación no es la rapidez” con la que contestamos al correo, apunta el autor, “es la calidad de la atención que recibes”.

El viernes estará de vuelta la autora de este boletín, Elda Cantú.


Volveremos el viernes. Si te gustó este boletín, compártelo con tus amigos, colegas y seres queridos (y no tan queridos). Y por favor, cuéntanos qué te parece.

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